Mi vida se dibujó en el mar. Una playa fue el paisaje que la sostuvo por décadas y aún la enmarca. De ese escenario no se pudieron escapar ni el amor ni tampoco sensaciones y sentimientos que me definen y que sólo pertenecen a ese lugar.
La manera como descubrí desde un principio la magia y el encanto de querer, de reconocerme, de sondear, y de revelar quién era yo, está cargada de mucha arena, sabe a sal y huele a algas. Una playa en las mañanas, en las tardes, en las noches y todo el año. No era en vacaciones, no. El mar me acompañaba todo el año. A veces con mucho viento, a veces con el agua helada, pero mis pies descalzos siempre estaban ahí, y los de mis amores, los de mis amigos, los de mis amigas inseparables, los de mis primos. Enterrados o hundidos en la arena, seca o húmeda, veo a mis pies y también me atraviesa un collage de cuerpos donde no solo me llegan rostros, sino que también caminan o reposan pies, tobillos, piernas, hombros, espaldas y torsos descubiertos.
Crecimos así, con nuestras figuras moviéndose siempre entre las olas. Mojados. Bronceados. El sol era inclemente pero no importaba, era más bien gratificante. No había toldos ni tampoco cocoteros. Nada nos protegía. Éramos como una tribu salvaje. Recuerdo el sol perforándome la piel y no sentir molestia alguna. Estábamos curtidos y no nos daba calor. Debe haber alguna razón además de las hormonas en ebullición. Quién sabe. Nadie usaba protector solar porque mientras más se oscurecía la piel menos fastidiaba o ardía luego. Esos cuidados no eran para nosotros.
Las imágenes que más evoco y me hacen renacer son las de una época que me definió, me cambió y coincide con mis 17 años. Éramos auténticos. Ninguno pretendía ocultar nada. A las mujeres nos cubría escasamente un bikini y nos conocíamos las cicatrices, lunares, pecas y los kilos de menos porque los kilos demás no existían. La delgadez y la esbeltez era común. Mucho colágeno. Divinidad. Energía infinita. Éramos libres, espontáneos, alegres, extrovertidos. Nos queríamos. No respetábamos. Nos pertenecíamos. Fueron días en que me quitaba un traje de baño y me ponía otro. Moda brasilera. Se acababa la década de los 80. Arriba un short. No me gustaban ni las gorras ni los sombreros. Mientras menos ropa, mejor. Mientras menos cosas que cargar, mucho mejor.
No comíamos porque nos reuníamos después de almorzar. Nadie llevaba nada para comer. Ni una galleta. Nunca. Pero sí alcohol y cigarros. Eso no podía faltar. Ni tampoco faltaban las pilas gastándose de cualquier aparato que reprodujera el contenido de un casette, porque la música de las cornetas de los carros no llegaba a la orilla del mar donde siempre estábamos tumbados. No sé por qué ni agua había en las cavas que llevaban. Nadie pensaba en eso. Yo no llevaba nada. Quien sentía sed tomaba cerveza. Si es que le daba sed. Yo me sentía un cangrejo. Le hacía honor a mi signo zodiacal. Estaba ahí feliz. Riendo. Por ratos enamorada y por épocas sola. Te enamorabas y desenamorabas. Descubríamos nuestro propio poder, nuestra propia voz, y sin saberlo estábamos encontrando nuestro propio lugar en el mundo. Si no había clases, íbamos casi a diario y ahí nos quedábamos como en un trance entre tertulias hasta que el atardecer nos apagaba la luz. Era como formar parte de un ritual. No poder ir te hacía sentir que te estabas perdiendo de una cuota valiosa de emociones.
Por años fuimos a un mismo rincón solitario. Era nuestro y de nadie más. Creo que solo nosotros sabíamos como llegar surcando unas trochas de piedra y tierra detrás del Cerro El Morro. A esa no íbamos de noche. Era imposible. Cuando nos despedíamos no había mucho que recoger ni mucho que sacudir. Escasamente llevábamos una toalla. A esa hora ya nos habíamos secado. El sol hacía lo suyo. No sé cuántas veces fui hasta sin sandalias. Yo amaba el placer de andar con mis pies descalzos.
No había policía. Lechería no era ni Municipio. Las cosas andaban y funcionaban, pero como en tierra de nadie. Por un tiempo todos fuimos menores de edad. Eso no impedía que entráramos todos en dos carros conducidos por otros menores. Nadie cargaba ni con cédulas de identidad ni licencias de conducir. Eso no se usaba. Nadie vigilaba quién compraba alcohol ni mucho menos cigarros. Por suerte las drogas no llegaron y además eran un tabú. Eran una raya. Eran como un pecado. Ni se nombraban. Pero sí se fumaba y se bebía hasta donde el cuerpo aguantara. Nunca nos pasó nada que opacara nuestra tranquilidad más allá de haber pisado erizos, unos raspones por las piedras del malecón, o que alguna debutara con una borrachera que de regreso nos hiciera ir a la farmacia a comprar suero y Complejo B para revivirla. No me ocurrió a mí. Yo era la enfermera a cargo.
Quienes pertenecimos a ese clan no nos ha podido separar ni la distancia ni el tiempo. Ese rincón nos selló. Cada uno enrumbó su vida. Hay ingenieros, veterinarios, psicólogos, economistas, contadores, abogados y varios empresarios. A unos cuantos ya no nos une nada sino ese tiempo en común compartido, y que seguimos anhelando estar frente al mar sin otra preocupación que la dificultad de lograr encender un cigarro sin que la brisa apagara el fósforo y la angustia de contar cuántos iban quedando en la cajita. De esa época vienen sin duda mis risas interminables, mis ganas de compartir y mi sociabilidad. De esos ratos emana mi personalidad.
Ana Virginia Garroni

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